“Somos viajeros del tiempo. El tiempo es el camino obligado, un destello de luz que nos atrapa y la vida pasa, sostenida por un extraño hilo. Camino, ¿qué hacer si no? Ciegos, mudos, sordos, hinchando y deshinchando el pecho, abriendo mucho los ojos. Que luz tan bella, el azul se desparrama sobre nuestra cabeza. Apenas rozando con la punta de los dedos el horizonte, habitando los recovecos del camino, soñando con lo que se halla más allá de la línea invisible, el límite del mundo”.

Anónimo

La sinuosa carretera, se proyectaba más allá de lo que la mezquina luz de la luna y el destello de faros de los cada vez más escasos vehículos podían disipar, si no hubiese sido por las señaléticas fosforescentes, quizás la travesía aburrida se hubiera transformado en una agonía, pensó en voz alta intentando construir un razonamiento que lo mantuviera alerta, adentrándose cada vez más en una gigantesca boca de lobo en que se había convertido la autopista, Fran ocasionalmente tomada la carretera 5 sur algunos días del año, que lo conducirían hasta su cabaña en las montañas entre el pueblo de San Clemente y Vilches Alto. Esta vez no había un razón precisa para realizar este viaje, solo un irrefrenable impulso casi mecánico por llegar a ese destino, ya hacía rato que el crepúsculo había extendido sus alas con esa suavidad pintoresca que teñía los cerros costeros, en tonos más bien sepias. Recordó con desagrado como el firmamento horas antes había comenzado a tapizarse de grandes manchas nubosas y oscuras, avanzando como ávidas y siniestras arpías devorando el cielo garzo, ocultando los últimos rayos del sol presos en sus fauces como una profecía de aguacero.

Volvió en sí de su abstracción, después de todo muchos de los accidentes carreteros se producían por la distracción, se arrellanó para sentirse más cómodo y carraspeo, para apreciar con nitidez el ruido de su garganta, esto último era evidente que lo hiciese más que nada para mantenerse atento a las líneas blancas que corrían vertiginosas, tragadas por el avance del viejo Volvo, mientras sus faros iban iluminando el trayecto. Al cabo de algunas horas de tediosa conducción, programó su última detención antes de acometer la ruta definitiva hacia su destino.
-¿Qué extraño? -Se preguntó -hacía tiempo que no tenía una noción exacta hacia donde debía llegar, pese al destino al que debía arribar, meditó acerca de la vida y aventuró una analogía, de cierta forma era como aquella carretera ondulante una vía a veces fastidiosa que se explora sin más compañía y apenas sin darse cuenta, algunos episodios de ella desfilaron ante sus ojos, volvió a carraspear exorcizando este pensamiento, miró por el espejo retrovisor que solo le devolvió la oscuridad que dejaba atrás. Caviló si acaso los malos recuerdos es mejor dejarlos olvidados en esa oscuridad que para él se antojaba más bien bienhechora.

Lanzó una rápida ojeada al tablero, la aguja del estanque le indicó que pronto llegaría a su límite, calculó que no sería necesario quedar en la berma por la más estúpida de las averías, pronto podría llenar el estanque de combustible con lo suficiente para retornar días después, y hasta podría cenar algo frugal calculando su arribo para pasada la medianoche, quizás hasta podría lograr encontrar al buen Vitoco aun despierto, para beber algo de buen vino, como aquella botella de Sangre de Toro llena de polvo guardada por años y que aún conservaba en la pequeña cava de la rústica casa, definitivamente el vino con los años adquiere esa madurez esencial por alquímicas fuerzas ¿Porque todo no era como esa vieja casa? simple sin las formalidades innecesarias, cómoda y apacible, suspiro largamente después de todo, allí podría sosegar su tambaleante espíritu luego de unos días complejos y excesivamente fatigosos, pero aun no podía comprender el porqué de lo imperioso por realizar este viaje, era lógico para él haber emprendido esta travesía en algunas semanas más, cuando las primeras hojas del otoño se desprendieran cayendo en una danza acompasada por la suave brisa y los robles mudaran en sublimes tonalidades esas mismas hojas, eso definitivamente era más real. Pronto pudo divisar el inmenso cartel que señalaba que a pocos kilómetros, se hallaba la última estación de servicios.

Cuando finalmente se apeo en el servicentro, sintió una gran satisfacción como si de pronto todo el cansancio acumulado hubiese desaparecido, precedido por una sensación placentera, por un extraño déjà vu pudo intuir la cercanía de un presentimiento que no acababa por entender, salió presuroso del auto y antes de abrir la inmensa puerta de vidrio, pudo ver el reflejo macilento de su rostro en el, inhaló con todas sus fuerzas el aire rural y se dispuso con total tranquilidad a tomarse algo de tiempo antes de continuar su ruta, al entrar pudo ver algunos pocos adormilados rostros, buscó una mesa distante de la barra, no tenía interés por entablar conversación alguna, al tiempo que una mujer con ademán de hastío, se dispuso a tomar su pedido, le sonrió ampliamente a pesar de la total indiferencia de ella, sonrió burlonamente al pensar que la atención al cliente en ese lugar era un mero trámite, pidió un café con vainilla, eso sí el más grande y un sandwich de jamón con queso caliente, la mujer rápidamente desapareció mientras él susurraba

─ ¡El gusto es mío! -y echó a reír sibilinamente, después de todo Fran se consideraba un hombre impenitentemente sarcástico, lo que en más de una ocasión el abuso de lo que parecía ser su propio encanto, le había traído más de algún contratiempo, a pesar de ello sabía que su ironía no podía ser del todo gusto de algunas, lanzando una ápera mirada a la mesera, pero rápidamente recapacitó que aun así tenía cierto éxito con ellas, precipitadamente desecho esta introversión que comenzaba a transformarse en odiosa, se dijo para sí, que la lógica en el juicio a priori jamás conduce a una reflexión sensata. Fran se sentía satisfecho de haber escapado de la ciudad evitando así a las amistades, pues no deseaba contrariedades y este inesperado viaje le ahorraba su tendencia permanente a no contestar el teléfono, o aceptar visitas que no deseaba en casa, Fran era consciente de sus periodos de aislamiento que generalmente eran urgentes en algunas ocasiones, marcadas indefectiblemente por sus largas jornadas exentas de sueño, esta vez buscaba el asomo de su propia soledad, el estar con uno mismo a veces reporta grandes ganancias pensó, tomó una nueva bocanada de aire y exhalo ruidosamente, convino que por fin podría darse ese merecido tiempo, ya que para él las últimas semanas habían sido aplastantes, esbozó una sincera sonrisa y comprendió que desde el lanzamiento de su libro, no había tenido tiempo para reflexionarlo, su gran y maravilloso libro, aunque esto último lo caviló con esa cáustica y punzante burla. Siempre el primer libro es el mejor por las expectativas que genera y los sueños previos, que desaparecen una vez impreso, allí el encantamiento se acaba para dar paso a la dura autocrítica, a pesar de cierto paternalismo que solo el orgullo puede dispensar, después de todo se dijo, no cualquiera tiene la posibilidad de escribir un libro y al primero siempre se le excusan los errores, como a un niño torpe dando sus primeras zancadas, pero él no, definitivamente sentía que los años de investigaciones, las tediosas entrevistas, luego las charlas y las interminables tertulias en los gigantescos y fríos salones que los grandes ventanales de medio punto, apenas alcanzaban para llenar de luz a la vetusta Biblioteca Nacional, no eran razón suficiente para ese glorioso delirio que siempre acomete al escritor, al tiempo que juzgó innecesario una vez más pensar en ello, siempre terminaba por desechar lo que le disgustaba. Echó un rápido vistazo a las otras mesas como si se tratase de un inventario, reparo en un hombre gordo leyendo algún diario de la tarde, luego una pareja cerca de los ventanales quienes le dieron la impresión de sostener una tímida y ahogada discusión, lo suficiente para no llamar la atención de los escasos parroquianos, reparó que la mujer era más joven que su acompañante quien parecía triplicarle en edad, la joven tenía una mirada perpleja instalada en sus ojos, para Fran no eran más que dos amantes discutiendo su infidelidad, hasta cuando ella exclamó atenuado en un murmullo de descontento

-¿Qué tienes que decir? ¡Ella tendrá que saberlo! –al tiempo que el hombre soltó un expresivo siseo para contenerla y su nerviosa mirada se deslizó por todas las mesas con el rostro instantáneamente severo, hasta dar paso a la inevitable vergüenza, Fran pensó en voz alta
-¡Nunca me equivoco! –movió la cabeza con triunfal satisfacción rematando con una mueca de ironía
-¡Ah, el sino del escritor! Allí estaba otra vez – pronto desvió su mirada al sentirse como un impenitente voyerista, analizando impunemente los sentimientos de otros, luego su vista se desvió más al fondo en sentido contrario donde Fran se encontraba sentado, allí se hallaba una mujer solitaria, jugueteando con el frasco de las pildoritas edulcorantes, su piel era de un blanco muy pálido, al tiempo que su rostro le pareció perfecto en sus facciones, su cabello rubio era de un dorado que refulgía intensamente bajo los focos del techo, tuvo la impresión que movía los labios sin pronunciar nada, se sobresaltó por un instante al ser sorprendido por la camarera con su pedido. Sin embargo a pesar de lo caliente del queso, mientras mecánicamente lo llevaba a su boca, apenas si se quejó al continuar observando a la mujer, reparó que traía un vestido a cuadros con botones al frente y unos discretos vuelos en las mangas, un elegante cuello algo almidonado le dio la impresión de ser un traje vintage, tal vez de los años cincuenta, recordaba esto pues ya que para él tenía una marcada y extraña familiaridad, a pesar de ello convino que parecía quedarle perfecto, entallado en su cintura con un grueso cinturón de charol negro, ella le devolvió la mirada con cierto atisbo de coquetería, al tiempo que abría un pequeño bolso también de charol negro del que extrajo un pequeño reloj, que pareció brillar en un suave destello, al cabo de unos segundos volvió a mirarle esta vez lo hizo con un ademán de candidez, que solo la fragilidad es capaz de construir con total naturalidad, para Fran fue el inicio de especulaciones misteriosas en algún rincón de su cerebro, aquella mujer parecía instalar en él una extraña sensación, pero convino intentando interpretar esto como si ella le produjese un peregrino y oscuro recuerdo que rápidamente se extravió, como aquellos que había dejado en la oscuridad cuando conducía, al cabo de algunos minutos ella no volvería a mirarle, se levantó de su asiento con femenina gracia, canceló su consumo y antes de despedirse de la camarera que sí fue algo jubilosa al recibir la generosa propina, la mujer desapareció tras el inmenso cristal de la puerta, Fran se sintió decepcionado después de todo pensó en algo más que en sueños sino en certezas, pero de ¿Qué? Era evidente que ya no podría saberlo, intentó levantarse y salir tras ella pero se contuvo, al beber el último sorbo de su café ya frió, llamo a la camarera con un gesto a la distancia no muy cortés, y antes que ella consiguiera llegar a su mesa pidió la cuenta, dos minutos más tarde llegó con una sonrisa en sus labios, Fran especuló que quizás podría sentirse regocijada de despachar a lo menos a otro comensal, a pesar que el hombre gordo continuaba atornillado en la misma página del diario, y los amantes continuaban uno pegado al otro en un abraso algo más que coloquial, la mujer estiró la bandejita de latón y antes que Fran espetará un lacónico agradecimiento, la mujer disparo unas frases que parecieron extraña.

─Su mujer dijo que lo esperaría en el auto – Fran se inclinó sobre la mesa con los labios plegados, como si su lengua de pronto se hubiera anudado en su boca hasta que por fin logro responder con el semblante envuelto por la duda
-¿Cómo ha dicho? -el rostro anguloso de la mujer pareció adquirir un tono marcadamente rojizo
-¡Acaso no escuchó! Ella ha dicho que lo esperará en su automóvil -remató con impaciencia y continuó
– Si me permite decirle, creo que sería prudente que saliera pronto, ella ha estado toda la tarde esperándole -Fran sintió como su rostro se desencajaba y volvió con algo de torpeza a preguntar
─ ¿Cómo? ¿Qué le hace suponer que es mi mujer? ¿Cómo que ha estado toda la tarde esperándome? -y acoto- ¿ Usted cree que si ella fuera mí mujer, me habría sentado acá? rió con cierto nerviosismo, la camarera pareció aturdida con las preguntas de Fran y algo fastidiada respondió severamente, como si el hombre que tenía al frente fuese el más grande de los estúpidos
─ ¡Señor! ella charló conmigo está tarde me dijo a qué hora llegaría, en que vehículo lo haría y como vestiría, sí eso… no es suficiente creo que ignorarla como usted ha hecho, no me parece propio de un caballero -Fran abrió los ojos de par en par, miró hacia afuera y antes de intentar salir, respondió manteniendo el puño semi cerrado sobre su barbilla
─¡Es una locura! Acaso es una broma, ¿Verdad? –la mujer apoyó resueltamente uno de sus puños sobre la mesa y exclamó molesta
─ ¡Usted se figura que con este feo rostro, debería estar en el elenco de un circo, o que me encanta decir idioteces a esta hora de la noche! – y antes de retirarse remató
─ ¡Señor! Le diré solo una cosa, nosotras las mujeres poseemos algo llamado sensibilidad Tomó una bocanada de aire, lo miró directamente a los ojos, para resbalar luego a la mesa de los dos amantes dándole una marcada inflexión a su voz
-¡Los hombres como ustedes, se comportan como verdaderas ratas! –y dándose la vuelta con determinación agregó
-Cómo si tuviera paciencia para aguantar todo el día a los groseros camioneros o a un tipo despreciando a su mujer ¡Ya verá, ya verá cuando ella se lancé a los brazos de otro! enfiló resueltamente rumbo a la cocina y antes de entrar en ella dijo secamente, sin volverse
─Luego se quejan que nosotras buscamos ser infieles, ¡Estúpido engreído! concluyó
La pareja de amantes, como si fueran aludidos rápidamente se levantaron de su mesa, dejando algunos billetes para desaparecer tras la pesada puerta de cristal, al cerrarse solo dejó ver el rostro ensombrecido de Fran, quien siquiera había escuchado las últimas y poco afortunadas expresiones de la camarera, con cierto temor se acercó lo suficiente al ventanal hasta casi estrellarse con el hombre gordo, quien siquiera levanto la vista sumergido en el diario, Fran se apegó sobre los cristales, pudiendo divisar a la mujer quién parecía clavada como una estaca junto a la puerta de su auto, encogió elocuentemente sus hombros, pasó la mano por la barbilla algo inquieto, con el miedo instalado por enfrentarla un pensamiento peregrino se instaló en su cerebro ¿Tal vez aquella mujer, podría ser una de esas locas escapadas de algún hospital vecino? Esas que a veces aparecen en los titulares de algún matutino terminó por fabular, finalmente salió rumbo al estacionamiento, la noche se había tornado algo fría y algunas gotas de agua anunciaban la lluvia, pero Fran apenas si se dio cuenta, caminó resueltamente hacia el auto mientras la mujer rubia con sus brazos cruzados le dio la impresión de estar congelada, intentó sosegarse, al llegar a escasos metros de ella le dijo
─Señorita disculpe no… sé de qué se trata esta broma, pero no es precisamente graciosa
la mujer lo observó con gentileza, con la sombra de una sonrisa y respondió con una voz suave y entrecortada por el frío

─¿A qué se refiere usted? –Fran pareció notar que los músculos de su rostro se aflojaban por esa extraña familiaridad en ella, a pesar de la escasa iluminación proveniente de algunos faroles que adornaban el estacionamiento, pudo apreciar el agudo color zafiro de sus ojos, al tiempo que su propia voz adquiría un tinte aun más sosegado
-No se haga la graciosa, ¿Por qué le ha dicho a ella que usted es mi mujer? La joven pareció disfrutar de la pregunta, y respondió con voz queda
─Trabaja usted demasiado, está muy pálido y parece cansado –él la observó con más inquietud aun, su mandíbula se tensó

-Señorita no me confunda con un idiota, le repito ¿Qué es eso que le dijo a la camarera? Que llegaría en este coche, a la hora en que lo he hecho y ¿Cómo vestiría? ¿Acaso todo esto se trata de… un asalto? -ella parecía disfrutar cada vez más de las elucubraciones infantiles de Fran
─¿Usted cree que yo podría asaltarlo? ¿Quizás piensa que en mí pequeño bolso llevo un arma? Créame no es mi intención molestarle, además puede estar seguro que yo no le dije a la camarera que usted es mi esposo, son especulaciones de ella -y acotó con la misma suavidad que había tenido, con la mirada extraviada
─Ella es una buena mujer, aunque muy voluble, pronto dejará este empleo cuando descubra que su futuro se halla en su mesa de noche -Fran se puso rígido sintiendo como la sangre de sus venas se congelaba

-No sé bien en que correrías está involucrada ¿No piense ni por un segundo que soy un verdadero imbécil, para aceptar que usted pretende ver el futuro? No me haga reír ¿Qué juego se trae conmigo? -ella mantenía su mirada escrutadoramente pegada en los labios de Fran, como si supiese cada palabra que él diría – respondió sonriente
-No es necesario ser sarcástico en fin, llámelo… precognición – el fino manto de la llovizna que caía desde que él salió de la estancia y en la que apenas había reparado, de pronto se transformó en un vendaval, Fran parecía pegado al piso como si toda la fuerza de gravedad se hubiera congregado en sus pies, y sin quitarle la mirada a ella, con su aliento concentrado en su garganta intentando componer una explicación, las ropas de Fran y el vestido a cuadros de ella estaban empapados, su pequeña y fina mandíbula castañeaba por el frío dándole a él la impresión de una fragilidad que le conmovió, Fran intentó ordenar sus ideas, al tranquilizarse pudo advertir que el vestido se apegaba más a su esbelto cuerpo, realzando sus pechos que parecían agitarse con la respiración congelada, mientras el vaho de su aliento apenas se elevaba algunos centímetros que el viento prestamente disolvía, por las finas hebras de su cabello escurría el agua bañando su rostro haciéndola lucir más bella de lo que él había advertido, ella lo miró fijamente con sus brillantes ojos añiles, de pronto sus delicados labios murmuraron aun estremecidos por el frío

─Sí me deja entrar al coche, podré decirle quién soy, pero créame Fran no soy ninguna loca
El nuevamente se agitó sorprendido ¿Cómo era posible que conociera su nombre? Un pensamiento insólito lo envolvió, después de todo quizás podría ser víctima de un secuestro algo de moda en esos días por la ciudad, sin embargo había algo en ella que le inspiraba una extraña sensación de confianza, que le hizo desechar esa absurda inquietud, ya los amantes habían abordado su vehículo, habiéndose marchado en dirección contraria a su ruta, de pronto todo pareció más claro, había olvidado su libro, su fotografía y sus datos personales estaban impresos en las solapillas, no era ridículo acaso pensar que le había visto en uno de los ejemplares, mudó el tono de su voz por uno más coloquial
-Señorita si desea un aventón podrían haber otras formas de pedirlo ¿No lo cree? -ella sonrió compresivamente y asintió con suavidad a lo que Fran respondió
—¿Dónde va? Es extraño, nunca antes alguien me había pedido un aventón de esta forma
ella sonrió maliciosamente y musitó
—Voy más allá de San Clemente ¿Puedo? -él preguntó en el acto
—¿A que se refiere?
—Entrar en el automóvil ¿Si le parece? Creo que ambos necesitamos guarecernos del frío y la lluvia -Fran sonrió con cierto relajo y respondió con galantería
—¡Claro! Disculpe mi torpeza, le sugiero que volvamos al local para que pueda secarse
Ella asintió castañeándole aun la mandíbula y ambos retornaron al negocio, al tiempo que ella le dijo casi imperceptiblemente
—Amadis
—¿Cómo? -Ella caminaba aun con los brazos cruzados reiterando
—Amadis, mí nombre es Amadis -Fran sacudiéndose el agua de su chaqueta respondió
—Yo soy…
—¡Fran! -ella se apresuró en responder por él, aun así él no quiso preguntar cómo sabía su nombre, estaba seguro que esa información la había obtenido de su libro, rápidamente se apresuró en abrir la pesada puerta de cristal, para que Amadis entrara, dedicándole esa femenina mirada que ha Fran ya comenzaba por agradarle, al trasponer la mampara la camarera se precipitó con un inmenso cobertor, al mismo tiempo que le decía con una voz destempladamente maternal
—¡Dios mío criatura de Dios! ¿Cómo es posible, que estés tan empapada? dirigiéndole una mirada forzosamente severa a Fran, él apenas la miro encaminándose al baño, mientras con un ademán continuaba intentando sacudir de sus ropas el agua, dejando hilillos de ella rumbo al sanitario, al entrar se miró en el espejo y mientras sacaba papel higiénico del dispensador, con el que secó su rostro frente al espejo movió negativamente su cabeza, sus ojos se ensombrecieron al tiempo que se abrieron desmesuradamente
—Debes estar rematadamente loco, esto es una chifladura, pero en fin convengamos Fran, ella… es realmente hermosa después de todo si está loca, podrá quedarse aquí -al cabo de unos minutos ordeno su cabello que momentos antes estilaban, llevó la palma de la mano a su boca y comprobó que su aliento era agradable, abrió la puerta encaminándose a la mesa donde la camarera ya había dejado dos inmensos tazones de café, Amadis estaba algo más compuesta, el tinte pálido de sus mejillas habían desaparecido luciendo un grato rubor en ellas, le dedicó una amble sonrisa a Fran mientras este se acercaba, a él le pareció que aquella mujer poseía una belleza que le sobrecogía, sus labios carnosos y carmesí apenas rozaban el borde de la taza soplando suavemente la humeante bebida, pronto volvería la camarera con otro cobertor que cordialmente puso sobre los hombros de Fran, dirigiéndole una mirada a Amadis, Fran agradeció con un movimiento de su cabeza sin mediar palabra, la mujer del rostro anguloso le dijo a ella
—¡Criatura de Dios! Bebe pronto tú café y entrarás en calor, luego me acamparás a la trastienda para secar tú ropa, no sea que cojas un resfriado -y se retiro nuevamente esta vez tarareando una tonada

—El mundo sería tan distinto, si la semilla del amor acariciara tus labios sin pudor, lalalala –Amadis levantó los ojos hacia él y un brillo travieso terminó por hacerlos reír, viéndola desaparecer rumbo a la cocina aun tarareando, Fran le dirigió una mirada inquisitiva haciéndola sonrojar y preguntó
-Bueno, ya sé tú extraño nombre y la peculiar forma de pedir que te lleve ¿A qué te dedicas? Más allá de parecer para los demás lo que no eres, quiero decir mí esposa -ella sin abandonar su coquetería como si calculará cada movimiento, respondió con la misma suavidad que había comenzado a disfrutar Fran
—Mí nombre significa “la que ama con el alma”, por cierto soy escritora Fran llevó su mano derecha al mentón observándola , al cabo de un segundo añadió
—¡Bien! Una amante escritora por lo menos si decido creerte, loca no eres ¿O sí? -ella rió estentóreamente
—Pues no, loca… no estoy -Aun así encogió sus hombros Fran sonrió y más calmadamente, volvió a preguntar más seguro de sí, lanzando una fugaz mirada al busto que destacaba por el vestido aun mojado y pegado al cuerpo de Amadis, ella no hizo el menor movimiento de incomodidad
—¿Cómo es que sabes mí nombre? -ella respondió con voz recatada, siguiendo con la mirada los labios de Fran
—Pues tú también eres escritor, digamos uno muy conocido -la mirada de Fran resbaló a la taza mientras con la cuchara revolvía su café, añadiendo con firmeza y cierto placer
—Bueno ya sé definitivamente que de atar no estás, pero otra pregunta Amadis, aunque es algo tonta para mí -rápidamente enarco las cejas
—¿Qué es eso, que su futuro está en su mesa de noche?
—Yo te lo diré -le respondió apartando sus ojos de los labios de Fran, dirigiéndola hacia los cristales de los ventanales
–Desde hace mucho, experimento ciertas sensaciones que para algunos son extraños comportamientos y para otros, algo así como un don, bueno nunca me he equivocado sabes Fran, allá afuera… –mantuvo aun sus ojos puestos en los cristales condensados
—Existen muchas realidades -su voz adquirió un tono algo místico y prosiguió
—El hombre en su afán permanente por vivir para trabajar, olvida amar y deja de escuchar esas voces interiores que lo acercarían más a lo simple de la vida, y a su increíble maravilla
Ella volteó su rostro hacia él, mirándolo intensamente, como si con ello buscara su comprensión, luego bajó la vista algo turbada y continuó
—Sabes hace siglos el hombre podía escuchar el susurro del viento entre las hojas de los árboles y saber cuándo llovería, o mirar las estrellas y comprender que pronto las estaciones marcarían el retorno a la siembra o la felicidad de la cosecha, vivía en armonía con la naturaleza, cazaba solo para alimentarse y abrigarse -Fran parecía encantado moviendo suavemente su mano derecha indicándole que continuará…ella sonrió con agradecimiento
—Fran ¿Eres Feliz? -él se sintió intimidado sumergiéndose en sus sombrías profundidades y aunque la respuesta sería un rotundo no, decidió evitar contestarle disparándole otra pregunta, aunque lo evidente para él no era la respuesta, después de todo él constantemente se la hacía, pero aún así continuo

—Dime ¿Sobre qué escribes? -Divertida contestó reparando en la primera intención de Fran para evitar responderle, mientras abría su bolso sin quitarle mirada hurgo en el, hasta que el pequeño reloj estuvo entre sus manos
—Impresiones de mis viajes, las experiencias de vidas de las personas, sabes eso es muy interesante, conocer de primera fuente aquello, es mucho más motivante que simplemente verlo o quizás establecerlo, después de alambicadas elucubraciones ¿Lo crees así, verdad? Fran no respondió nada, observó el reloj aun en la mano de Amadis, a pesar de su extraño diseño, convino que era una bella joya después de consultarlo rápidamente, ella lo devolvió al bolso, por unos instantes la conversación pareció desvanecerse como si a Fran se le hubiesen terminado las preguntas, sin embargo rápidamente elaboró otra
—¿En qué lugares has estado? –Ella volvió a sonreír divertida y respondió
—Aquí y allá, sabes es interesante volver a ver…. -no alcanzó a terminar la frase, cuando la camarera retorno para buscar a Amadis y jalándola del brazo con suavidad le dijo
—Acompáñame bella, secaremos tú ropa, lanzándole una mirada furtiva a Fran concluyó
—Pronto te la traeré de vuelta, también quisiera excusarme por aquello que te dije ¡Bueno… tú sabes a qué me refiero! -guiñándole el ojo, Fran simplemente esbozo una risa clara y ligera, la muchacha le devolvió una mirada cómplice a la camarera y desapareció rumbo a la trastienda, Fran lanzó una rápida mirada a las caderas entalladas de Amadis, se levantó de su asiento y salió al exterior sintiendo el hielo de la noche en su rostro, se encaminó rumbo a su auto hinchió el pecho y se dijo

—Definitivamente Fran, no pareces ser un tipo muy feliz -Abrió el portamaletas, tomó un saco impermeable y un pequeño bolso, al cerrar la cajuela alzó su miraba hacia el cielo que comenzaba a mostrar algunas tímidas miríadas de estrellas, ya la lluvia había cesado pero el frío calaba sus huesos, se volvió en dirección donde deberían estar las montañas tragadas por la oscuridad, al tiempo que le pareció divisar una luz azulada en la lejanía, supuso que la tormenta avanzaba en esa dirección, se calzó la chaqueta a pesar que sus ropas aun estaban humedecidas y encaminó sus pasos de vuelta al local, entró en el sanitario buscando en el bolso una muda de ropa y comenzó a cambiarse, al salir ya se sentía aliviado del frió terminando por beber el café, no hubo de aguardar demasiado tiempo hasta que Amadis retornara. A él si le parecieron instantes interminables, la camarera que ya parecía ser una chaperona la acomodó en el asiento, Amadis lo agradeció dirigiéndole una mirada tierna con sus profundos ojos azules, la mesera con los ojos vidriosos le dijo con la voz atenuada

—Eres una chica maravillosa, extrajo un pañuelo de su delantal y limpiando con delicadeza el rímel que las lágrimas de sus ojos habían corrido, atravesó el comedor retornando a su quehaceres, Amadis tomó con ambas manos el tazón para conservar el poco calor que aun restaba en ella, mirando significativamente a Fran, le dijo con una amplia sonrisa denunciando una dentadura pulcramente alba
—¿Te has cambiado? Luces más guapo -y remató, —pensé que nunca sacarías el bolso, Fran seguía extrañado observando a la camarera que ya había recuperado su aire marcial, giró rápidamente su cabeza, mientras en su rostro se dibujó la sorpresa inquiriéndole
—¿Cómo sabías que traería ropa conmigo, y que sucedió con ella? ¿Lloraba?
Ella rió de buena gana
—¡Vamos Fran! Te lo dije soy escritora y si te diriges a San Clemente, puedo deducir para tú tranquilidad que en esas montañas la mayoría de las casas son de agrado, es decir es simple la ecuación, vienes de la ciudad a pasar unos días a la montaña, arqueo una de sus cejas con sensualidad y acotó
—Es evidente que en algún rincón de tú automóvil traerías equipaje, en cuanto a ella también para mí es evidente que su vida no marcha como desearía – Fran río con impenitencia
—Bueno es cierto, la vida parece no marchar bien para muchos creo que hoy no he sido muy lógico -y cambiando el curso de la conversación apuntó
—Cuando quieras continuamos viaje -Amadis abrió nuevamente su bolso y extrajo el reloj para guardarlo una vez que atisbó la hora -a Fran le pareció casi una obsesión y demandó de ella una respuesta
—He observado que constantemente consultas el reloj ¿Debes estar en alguna hora especifica en tú destino? -Ella respondió diciéndole sin variar el tono suave
-Pues sí, debo estar a una hora prudente en mí destino -y acotó
—Generalmente somos esclavos del tiempo, más allá de la medición de él, sino de su temporalidad, te sorprendería saber los secretos que el tiene reservados para todos nosotros -prosiguió —No crees que es maravilloso por ejemplo, pensar que en este mismo lugar, a esta misma hora en otro tiempo están otras personas, no nos ven y nosotros a ellos por cierto tampoco -Fran rió y le dijo con la más suave sorna

—¿Me hablas de fantasmas? -Ella le lanzo una mirada dispensándolo
—No Fran, hoy eres definitivamente poco lógico, hablo del tiempo y su causalidad, por ejemplo en este plano o llamémosle dimensiones, nos movemos hacia delante o atrás, hacia arriba o hacia abajo, hacia los costados, es decir en tres dimensiones pero existe otra, la cuarta, dos objetos pueden ocupar el mismo lugar pero en otros tiempos -Fran pareció no entender y replicó

—Ahora supondré que eres más que una escritora, ¿Quizás una física cuántica? y echó a reír, ella respondió con la misma sonrisa irónica y remató con la misma sorna de Fran
—¡Eso es Fran, eres un genio! y continuó
—Es bueno saber algo más de todo ¿no lo crees? -se levantó de su asiento aun con una sonrisilla dibujada en la comisura de sus labios, sin antes girar sobre sus talones, como si supiera que venía tras de ella la camarera con una cartulina en su mano y sacando un lápiz anclado a una de sus orejas, le interrogó con afecto
—¿Cariño ya te marchas?
-¡Sí Gladys! -respondió Amadis percibiendo Fran un sentimiento de afecto que entendió como algo inusualmente especial, mientras la camarera y su gruesa humanidad se abalanzó a los brazos de ella para darle un efusivo abrazo, Fran metió las manos a su bolsillo para cancelar, pero Gladys inmediatamente rehusó el pago y le dijo casi como si se tratara de una amenaza
—¡Te advierto que debes cuidar de esta chica! -él solo le sonrió y espeto un buenas noches con un dejo de fastidio, ya la mujer le era algo insoportable pero a pesar de esa sensación, no pudo dejar de agradecer su gentileza para con ellos, Amadis puso su brazo en los de Fran, él con cierta galantería introdujo su mano en el bolsillo para que ella pudiera asirse de mejor forma, al salir ambos escucharon a la camarera gritándole al hombre gordo y pese al destemplado grito, parecía adquirir una extraña mezcla de devoción

—Eres un hombre incorregible, crees que no sé qué duermes con los ojos abiertos -mientras le arrancaba el diario y se sentaba en una mesa lápiz en mano, ante la indiferencia del hombre gordo, que dormitaba apaciblemente en la misma mesa en que Fran le había visto durante todo el tiempo que estuvo allí, y rió al pensar que con aquel hombre allí, alguien en otra época pudiera ocupar el mismo lugar, ya que con seguridad seguiría sentado hasta el final de los tiempos, ambos se miraron y rieron Fran hubo de reconocer que después de todo Gladys no era una mala mujer, gentilmente giró la llave en la puerta abriéndola con caballerosidad para que Amadis pudiese entrar, el frío parecía arreciar.

Pronto Fran ya estaría sentado en el coche, encendiendo el arranque y mientras esperaba que el motor se avivara, pudieron aun ver por última vez a través de los cristales empañados a Gladys, que parecía haber estallado en júbilo y mientras Fran echaba a andar la maquina, la mujer dentro del local saltaba de un lugar a otro terminando por abrazar al hombre gordo, que con cierto espanto se puso de pie como si se tratara de un gigantesco niño, intentando protegerse de un repentino asalto, quien torpemente apenas si correspondía a los efusivos abrazos de Gladys totalmente confundido, Fran echó marcha atrás y enfilo en dirección a la carretera, para perderse en la oscuridad en el preciso momento que Gladys salia corriendo en busca de Amadis gritando de alegría, pero al mismo tiempo la decepción pintó su rostro al darse cuenta que no podría hallarla, volvió a entrar en la tienda diciéndole al hombre gordo con una sensibilidad algo extraña en ella, curtida por una vida difícil

—¡Mí amor somos ricos!, podremos irnos de aquí -aventando un billete de la lotería pegado a su mano- ¡Viajar! ¡Por fin, vivir! Tendremos todo el tiempo del mundo, jamás terminaré de agradecerle a ese ángel, como cambió mi vida -y luego mirando hacia el foco como si fuese el paraíso perdido de Milton, como si en aquella luz residiera Dios, termino por persignarse.
Fran tomó el rumbo a San Clemente, por el desvío de la autopista algunos kilómetros más adelante del servicentro, para encauzar finalmente por la carretera, le lanzó una mirada algo furtiva a Amadis, pero esta ya lo estaba observando y sonriéndole le dijo

—Fran ¿tú crees en el destino? -Fran sin dejar de mirar al frente de la vía, le respondió con prontitud
—Te refieres a la casualidad -ella comprensivamente le susurró
—No, no Fran me refiero al destino, el no es casual ni azaroso, es más bien causal, es como si todo estuviese dispuesto, suspiro y estiró sus brazos hacia el parabrisas y suavemente acotó
—¡Soy tan feliz! -Fran le asestó una sonrisa al observar su gesto de satisfacción y volviendo la mirada a la vía le dijo
—Eres muy hermosa Amadis –al terminar de decirlo se sintió avergonzado y acotó, cambiando el tema
—Sabes la ciencia siempre será exacta, asume premisas establece sus teorías y si ellas no pueden cimentarse y probarse se transforman en especulación, en algo vano, el que quiere saber debe primero que nada dudar y como decía el buen Descartes “la duda del espíritu conduce a la manifestación de la verdad” -ella volvió a bajar la mirada y suavemente espeto monocordemente
— ¡Gracias Fran!
— ¿Porqué? –preguntó él sin apartar los ojos de la vía
—Por decir que soy hermosa, eres un hombre bueno -Fran replicó rápidamente aun algo avergonzado, por una excesiva muestra de sinceridad e ingenuidad
—¿Como sabes que soy bueno? -Ella puso su mano en el hombro de Fran, y dijo con fragilidad
—Es una premisa -rió y aseveró
—Está escrito en tú piel, la sinceridad de tus ojos lo dicen, recuerda los ojos son el espejo del alma -a lo que Fran riendo respondió
—¡Eso no es ciencia Amadis! Bueno…bueno escritora, sensitiva, física cuántica y ahora una mezcla de psicóloga-gurú son demasiados dones ¿no crees? -Ella sólo rió…Fran respondió con su mejor sonrisa y su característico encanto
—Y tú eres además de bella, una mujer extraña -ella sonrió sarcásticamente, Fran inquirió con cierta ironía
—¿Qué es aquello del tiempo que mencionabas en la cafetería? —Ella respondió
–¡Nada!
—¿Nada? -preguntó Fran con cierta molestia, ella suavemente le dijo
—Sabes Fran ya te lo he dicho, existen muchas realidades, pero el hombre no está preparado en su estructura mental para llegar a comprenderlas, ya que todo su templo de certidumbre terminaría por desplomarse -su voz se tornó profunda adquiriendo un tinte ilustrado
—¡El mundo no sigue la sentencia de la razón! Lo que nos plantea una pregunta ¿Será todo posible? Entonces que nos queda, los que saben o creían saber, dejan de separar lo físico de lo metafísico, lo comprobado y lo soñado. El tiempo es uno y eterno, el pasado, el presente y el futuro no son más que aspectos diferentes, podemos pensar que para los seguidores de Einstein, no existiría en realidad más que un presente eterno -tomó aire y continuó
—Por ejemplo, una vez leí lo que puede ser una excelente respuesta, un gondolero que remonta los canales en Venecia, sabe por anticipado todos los puentes que encontrará, por lo tanto puede prevenir lo que puede cruzarse en su camino, concluyó solicitándole a Fran
—¿Puedes bajar la velocidad? -Fran dibujo una expresión de sorpresa y respondió con una leve molestia y un dejo de autosuficiencia
—¿Crees que soy mal conductor? -ella suspiro y casi felinamente, reiteró su petición
—¡Por favor! -Fran bajo la velocidad, cerciorándose de ello en el tacómetro del coche
—¡Ya está! -y justificándose le dijo
—Sabes, jamás he tenido un accidente
–¡Gracias! -respondió Amadis, mientras Fran encendió las luces altas pudiendo comprobar que a pocos metros más adelante una gran bestia cruzaba la carretera con cierta pesadez, Fran freno repentinamente, ambos se inclinaron hacia adelante no más allá de lo que permitía el cinturón de seguridad, él lo había hecho no por la inmensa vaquilla que se perdía en la noche, sino más bien por lo sorprendente de la petición de Amadis, al detenerse el vehículo él la interrogó con decisión, a pesar de que aun no se había repuesto de la sorpresa

—¿Vamos dime que sucedió? ¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo sabías que esa bestia saldría de la nada? -ella volvió a poner su mano en el hombro de Fran y le respondió con total calma
—Fran, es evidente que es zona rural -pero aun así Fran volvió a la carga
—Amadis esto no es un juego, tú sabías que esto iba a suceder -y continúo con más firmeza aún
—Yo soy un hombre lógico, pero esto me supera
—¿Quién eres? -ella sonrió, miró hacia el costado de su ventana y girando levemente con su ya característica sensualidad
—Soy una mujer simple, pero sensible, vamos no temas soy como tú. -Fran se apresuró a interrumpir
—Sí pero… yo no ando por la vida adivinando el futuro de nadie y continuó
—Dime la verdad, a este punto creo en lo que dijo la camarera antes de charlar contigo ¿Me esperabas? –calló por un momento y continuo
—Más allá de tú respuesta y más allá de mí empirismo, creo que este encuentro no es casual ella replicó
—Fran nada es casual, te lo dije es causal
—No entiendo -respondió Fran dibujando en la comisura de sus labios la duda inicial, y sin relajar los músculos de su rostro, reitero su pregunta
—¿Me esperabas? -ella sacudió delicadamente su cabeza, cayendo sobre su frente un mechón de cabello rubio, pese a la urgente respuesta Fran sintió un deseo irrefrenable por besarla, pero su temor era más fuerte, al cabo de unos breves segundos Amadis le dijo con serenidad
—Pues sí…te esperaba creo que siempre te esperé, con su mano izquierda hizo a un lado el mechón de cabello y continúo
—Te lo dije, si conoces el camino puedes prevenir lo que lo cruza, sabes este encuentro debía producirse de esta forma, Fran dibujó una sobresaltada expresión de sorpresa, no podía dar crédito a todo lo que escuchaba, ella continuó
—¡Veamos Fran! Si yo no te hubiera pedido disminuir la velocidad, ambos seguramente estaríamos al costado de la berma algo más que complicados, pues en este presente eterno, la materia se presenta como un delgado hilo que está dispuesto entre el pasado y el futuro, solo basta un instante del presente, esa fracción de segundo, para que la tensión de ese hilo pueda llegar al control de los acontecimientos, solo un momento de conciencia -Fran frunció el seño sin comprender la profundidad de las palabras de Amadis, pero algo le impulsó a continuar avanzando, como si de pronto la premura por llegar a casa pudiese exorcizar esta realidad que se antojaba extraña y difícil de poder aceptar, ella volvió a corregir su cabello y mirando al frente de la calzada le dijo débilmente
—¡Falta poco!

—¿Poco para qué? -replicó Fran, ella le respondió sin mirarlo guardando en el bolso el reloj
—Para llegar a… mí destino y dejarte con tú vida -Fran levantó la vista y enarcó sus cejas, una fugaz expresión de duda iluminó sus ojos, pero rápidamente desapareció
—¿Y que con aquello de la paradoja del abuelo? -Amadis le respondió con cariño
—Fran el universo es consistente, se basa en que, hagas lo que hagas, todo ha ocurrido siempre de una misma manera, y si alguien viaja digamos… en el tiempo, es que había viajado en todas las ocasiones, y sus acciones ya habían influido en el devenir de los acontecimientos. La paradoja del abuelo, no tiene sentido, pues el universo no es mutable -Fran exclamó
—¡Pero si alguien viaja en el tiempo! Si es que decido creerte, al alterar el pasado alterará todo, por eso la paradoja del abuelo, sostiene que si alguien viaja al pasado y casualmente asesina a su abuelo en la cuna, el nieto jamás existiría por lo que jamás habría realizado el viaje pero si así fuera, crearía un universo paralelo….ella le miró con sus grandes ojos azules descubriendo en Fran una expresión aprensiva

—Tú has dado la respuesta, este viaje era necesario ya se había hecho una y otra vez -Fran se puso rígido y reinició la marcha, ya la noche fría había dejado paso a una espesa niebla, el vehículo comenzó a avanzar a poca velocidad, Amadis echó la cabeza para atrás hasta sentir el respaldo de su asiento, luego la giro suavemente en dirección a Fran y dijo
—Y tú ¿Porqué has venido precisamente hoy a estos lugares? -Fran sintió que en aquella pregunta se escondía otra verdad, pero aun así permaneció inmóvil atento a la conducción, al cabo de unos minutos en silencio, terminó por preguntar ignorando la anterior pregunta de Amadis, él se la había hecho y sabía muy bien que no tenía una respuesta
-¿Vienes del futuro? -pensó en lo radical que era esa pregunta y la absurda confirmación de la respuesta, se preocupó que su propio templo de certidumbre terminaría por desplomarse
—¡Pues si! -respondió con voz tranquila
—¿De qué época? -Fran la observó esperando respuesta, volviendo en sus pensamientos a fabular la posible locura de su bella acompañante, ella dijo con los ojos brillantes
—¡Cien años en el futuro! -contestó brevemente y sin el menor titubeo, Fran la miró con incredulidad, murmurando entre dientes y determinó que lo más apropiado sería seguir ese juego
-Una escritora cien años en el futuro ¿Aun leemos libros? –Ella volvió a sonreír lanzándole una mirada de superioridad, al descubrir lo que se proponía Fran
-Pues ya no leemos –Fran volvió a la carga adoptando una voz empalagosa
-¡Ya veo! Tenemos un futuro compuesto por un hato de ignorantes –Ella respondió con una extraña expresión de fastidio
-No es eso, te explicaré mejor, el desarrollo de las tecnologías virtuales nos ha llevado más lejos de fronteras que siquiera imaginas, hoy el lector puede vivir las novelas como uno de sus personajes, los escritores no importa el género a excepción de la poesía se les llama “Los Narradores” verás si por ejemplo estudias historia, la vives como sus protagonistas, de esa forma la comprensión de la misma es más fiable y el beneficio educativo aun mayor.
Fran la miró frunciendo el entrecejo, volvió a preguntar
-¿Y los libros ya no existen? Me refiero a los de papel –lo dijo con tono recriminatorio
-¡Claro que existen! Sin embargo, las copias en ese soporte hace mucho que no se consultan, la tecnología intenta reportar comodidad
-¿Pero cómo es eso posible?
-Sabes Fran eso ya se está comenzando a materializarse en este mismo instante, grandes empresas están escaneando cientos de miles de volúmenes al día, ya existen miles de textos electrónicos
-Pero jamás el papel podría ser reemplazado –respondió Fran de modo brusco
-Dices lo correcto, sin embargo la destrucción de grandes bosques, ha estado al servicio de la cultura ¿no te parece una forma extravagante, que muchos de esos textos apunten a la conservación del medio ambiente, considerando que esas páginas representan lo contrario a lo que se pretende cautelar?
-Pues sí, pero… -Amadis se apresuró en interrumpirlo
-Los libros de papel, hoy están en los museos en las bibliotecas como joyas, en cambio el contenido de ellos transita en las grandes redes virtuales, hoy gracias a ellas podemos olfatear los colores, saborear el aire y eso nos lo dan los poetas, sin embargo para sumar a tú intranquilidad, también se ha perdido la capacidad de soñar, o como Seth Godin lo definía “recuerdos de cómo nos sentíamos” al leer, eso definitivamente se extravió –Fran deseaba creer, pero era más fuerte su incredulidad, esta vez giró la conversación
-Bueno, para mí fortuna por lo menos estaré hace tiempo sepultado -ella levantó la vista sonriendo
—Temo que no Fran -él se contuvo por algunos segundos y aventuró
—Quieres decir que tengo más de ciento treinta años, ella se acercó y besó su boca suavemente, Fran experimentó una sensación placentera y exhaló un suspiro, mientras Amadis se arrellanaba en su asiento y sonriendo dijo
—Tienes está misma edad Fran -él la miró detenidamente y exclamó
—¿Es que acaso descubrimos la fuente de la juventud? -Amadis con voz monótona le dijo
—No Fran, está noche tú iras conmigo -el vió como terminaban por moverse los rojos labios de Amadis y articuló su pregunta sonriéndole con ironía
—¿Porqué debería hacerlo? -Ella le observó con cierta decisión, entendiéndolo y arguyó
—Hace 100 años en estas montañas, te extraviaste, jamás se encontró tú cuerpo por lo menos en tú época -él rió nerviosamente
—¿Y eso de irte y dejarme con mi vida? -Amadis lo miró a los ojos y replicó con cierta maldad infantil, dibujada en el
—¡Vamos Fran! ¿Tienes una vida aquí? en cuanto a lo otro fue, digamos… una mentirilla para observar tus reacciones -Fran pareció impaciente y replicó
—¡Esta bien, si decido creerte! -Pero ella nuevamente lo interrumpió antes que Fran volviese a la carga
—Sabes existen ciertos códigos, para desplazarse en el tiempo, pero lo cierto es que te esperan algunos desafíos en el futuro -Fran solo escuchaba con sus manos pegadas al volante, solo hizo una mueca mordiéndose el labio hasta sentir dolor, deseaba comprobar si realmente estaba despierto, y preguntó casi con ira
—¿Cuáles son esos desafíos? -Ella rápidamente replicó
—Ves Fran, el hombre reacciona con temor y cierta hostilidad, frente a todo aquello que no puede comprender -ella tomó el brazo de él y murmuro quedamente
—Eso es parte de aquellos códigos, tú futuro no puede ser revelado, pues desde esta perspectiva aun no ha sucedido, debes cumplir con el -Fran respondió con una andanada de preguntas
—Y tú condición de escritora ¿Es acaso otra mentirilla? ¿Quién eres realmente? Ella respondió con prontitud
—Ya te lo dije soy una escritora y continuó
—Verás Fran, ser un “Narrador” en mí tiempo, es una condición muy respetada, pero para ello debo investigar acerca de lo que diré, por primera vez la expresión de las letras vivas adquirió esa correcta connotación, acaso tú cuando has realizado tus investigaciones verificaste tus fuentes, te sumergiste en la historia, pues yo hago lo mismo -Fran sintió que se agudizaba aun más su manifiesta incredulidad, todo parecía extraño, artificiosamente poco creíble, pero había algo que le inducía a tener sospechas que todo esto era tan real como la mujer que tenía a su lado, nerviosamente con su mano izquierda acaricio su barbilla mientras con la derecha mantenía el control del volante, fugazmente volvió a lanzarle una mirada más a Amadis y acotó
—Está bien Amadis, mis investigaciones sobre algunos sucesos las hago consultando documentos, es decir desde el inicio, tengo claro cuál es el problema y en qué contexto se está moviendo, establezco las estrategias operacionales y los procedimientos estadísticos, entrevisto a las fuentes primarias, pero no secuestro a los sujetos que investigo. -Amadis rió estruendosamente, interrumpiendo a Fran quién cada vez más sentía que la frustración recorría toda sus convicciones, al no obtener respuestas que para él mismo parecían de imposible comprensión, esto ya no era un juego, una fantasía y como tal imposible de contrastar, tendría sus límites y sentía que pronto llegaría a esos límites el vehículo seguía su marcha por la carretera, a lo lejos Fran distinguió un destello azulado, la neblina se había disipado del todo en la dirección en que corrían, pero Fran apenas si reparó en ella solo le dirigió una mirada más a Amadis, mientras el automóvil pasaba por debajo de un gran letrero cuyos focos iluminaron a Amadis levemente, eso sí, pudo ver claramente su perfil, ella tenía su vista clavada en la oscura lejanía como un halcón, se inclinó levemente hacia él, apoyando su mano sobre su brazo sintiéndola temblar bajo su presión
—¿Qué ocurre Amadis? -y reformulando volvió a preguntar
—¿Qué es lo que te preocupa? -Ella apenas sí dejo de mirar al frente y rezongó
—Te lo diré pronto – continuaron su avance en un silencio relativo, solo el motor rugía, ella volvió a extraer el reloj del bolso, a él le pareció que los pensamientos de ella parecían levantarse en la oscuridad y sus oídos percibían palabras que ella aun no había pronunciado, de pronto como si fuese un batahola Fran frenó bruscamente, al tiempo que ella le decía con voz ansiosa
—¡Hemos llegado Fran!, -su voz se torno inflamaba y algo jadeante, Fran estacionó el automóvil en la berma en plena oscuridad, engancho el automóvil y le dijo con voz baja
—¿Esto te preocupaba?
—No Fran -ella lo dijo con voz atenuada, clara y cariñosa
—Al igual que tú, temo al futuro -él permaneció inmóvil con la espalda pegada al asiento del coche, ella desabrocho el cinturón, abrió la puerta descendiendo y murmuró a Fran, asomándose por la puerta abierta
—Ya es hora de que regresemos
—¿Porqué, a donde? -preguntó él.
—Vamos Fran una parte de tú cerebro humano, que diabólicamente disfruta poniendo objeciones al deseado modo de obrar, te dice que debes acompañarme -Fran volteó para mirar a través de la ventanilla de la puerta del coche, sacó su cinturón y abrió la puerta, él la miró por encima del techo de la máquina, mientras ella con paso presuroso avanzó resueltamente, pero cuando estuvo a distancia de Fran repentinamente disminuyó hasta detenerse, para decirle casi suplicante

—¿Porqué? Por tú felicidad Fran, tienes un propósito muy especial en la vida, eres como nosotros un “Narrador” pero uno que sí sueña -tomó la mano de Fran y casi obligándole, le llevó hasta una hondonada a unos pasos por debajo de la berma, la brisa gélida hería su rostro, Fran solo sentía que su cabeza daba vueltas con sus pensamientos, de pronto un destello intenso de luz azulada pareció provenir de la nada, allí flotando intensificándose cada vez más, Fran sintió un entumecimiento cada vez más fuerte, el destello comenzó a crecer hasta finalmente estabilizarse a la altura de ambos, Amadis sacó del bolso su reloj, accionó un pequeño dispositivo, ahora tanto la luz azulada como la esfera del reloj brillaban intensamente, como si fueran parte del mismo mecanismo al estar cerca de la luminosidad, a Fran le pareció como si el frió viento que bajaba desde las montañas hubiese sido remplazado por un calor agradable, Amadis tenía la vista clavada en el centro de la luz, como si experimentase una transfiguración, Fran sentía que todo su aliento se concentraba en la base de su garganta, como presto a disparar un ahogado grito de pánico, pero esa sensación cambio por otra de una paz, que calmo todos su temores, como si la verdad emanara desde esa hermosa e intensa luz, en ese instante Fran quedó perplejo, al ver cientos de mariposas que revoloteaban en los alrededores de la luz, tan extrañas en esa latitudes, y hasta le pareció oler los colores de sus alas en una procesión algo sublime, al mismo tiempo que increíble, casi como algo mágico ella lo observó con cariño y avanzó hasta el centro de la luz murmurándole con una voz delicada

—¡Acompáñame! -para Fran todo tenía sentido, como si los recuerdos del futuro se plasmaran en su memoria, y pensó que si se quedaba jamás volvería a ningún lado, abrió sus ojos como si quisiera captar todo a su alrededor y avanzó hacia ella, cruzando la cálida luminosidad que tenía una perfumada esencia a lavandas, ella lo miró con ternura y le dijo
—Te he esperado siempre –tendiéndole sus brazos, Fran finalmente
comprendió que era el primer día de su futuro, en el mismo sitio y
con todo el tiempo del mundo.

Marcelo Antonio Saavedra Osorio ©Todos los derechos reservados 2011.